
Todo
ha sucedido como en una película de cine mudo en que las situaciones ocurren
pero nadie mueve los labios. Nos comunicamos con miradas, con lágrimas y
mostrándonos los dientes. Sabíamos de ante mano que dedicaríamos demasiado
tiempo a nuestro trabajo de escritores. Lo que nadie jamás nos contó era que,
además de aquello, debíamos ser nuestros propios editores, en servilletas,
rayando la Biblia o con prisa garabateando las murallas de la ciudad mientras
de reojo veíamos si aparecían aquellos mutantes de verde. Así nace, hace más de
una década, “Dolores de Cabezas”, con un perfume de viejos libros incrustados y
paracetamol de regalo. Este libro, o “El Dolores” como nos referimos a él
cariñosamente, se remonta a aquellos años en que la gente sospechaba el fin del
mundo, del error del milenio y aquellos raros efectos de la incertidumbre y la
desinformación. Al acercarse el año 2000 surgieron muchos rumores de caos y
catástrofes económicas en el mundo entero, un pavor generalizado a un eventual
colapso de los sistemas basados en computadoras mediocres. Todo el mundo se
caía a pedazos mientras nosotros fumábamos porros gigantes con la guata al sol
tirados sobre el pasto del Parque Forestal junto a extravagantes poetas, pintores
de desconocidas vanguardias y coleccionistas de fuste que llegaban a vender sus
chiches con las vitrinas del negocio sobre la tierra, todo en las afueras del
Bellas Artes. Mientras caía la tarde ofertábamos “El Dolores” que habíamos
impreso en nuestra pieza y si se vendía algún ejemplar bebíamos vinos baratos,
pisco puro y cuanto brebaje nos soltara aún más las palabras de la lengua,
aquellas palabras que no podían desabrocharse con lucidez. De cualquier modo,
los ejemplares eran pocos y por supuesto, aunque la venta fuese deficiente,
beberíamos.
Cuando
tuvimos la loca idea de aparecer, de editar a destajo y sobretodo, instaurar un
lenguaje, nos vimos envueltos en una vorágine creativa sin paralelo.
Produciríamos buenos libros y de los otros, leeríamos miles de textos en radios
contraculturales espontáneas, editaríamos obras en papel de arroz y verían la
luz millones de cuadernillos poéticos que sin duda, son muy apreciados mientras
te encuentras sentado en el baño. Con los años nos saldrían canas, nos
arrugaríamos, nos darían miles de cefaleas y nauseas sociales, pero nuestra
intención de editar libros jamás tuvo un quiebre, pues siempre fue una
prioridad, o para el caso, un exquisito dolor de cabeza.
Elver
Cruzila.