

Susan
Sontag recalca con asombrosa simpleza que un escritor es “alguien que pone atención
al mundo”. Elver Cruzila lo es, incluso poniendo en riesgo cualquier
etiquetado. Es que Elver Cruzila pone demasiada atención al mundo. No sólo es
el gran recordador o el nuevo Dostoievski con jeans, sino que también es el
“gran escuchador”, una grabadora humana que no se detiene, aún cuando sus oídos
tuviesen que hacer de ojos. El día infantil que atestiguó por primera vez con
una grabadora de bolsillo todo lo que acontecía, descubriría su desesperación
(estética) literaria. Pero nada satisface a este poeta, una noche en un ataque
de ira lanzó esa grabadora por los techos de Eureka, su ciudad natal, y las
palabras de Elver magnéticamente quedaron abandonadas en los tristes y
solitarios pizarreños de su pueblo. Elver nos dijo que Eureka podría ser mejor
que la Florencia de Leonardo por el sólo hecho de narrarla en el abandono de
una grabadora partida en mil pedazos.
En él
la metáfora no es recibida con la típica ingenuidad del escritor moderno, la
metáfora “metá phorein” es “llevar mas allá”, reemplazar un lenguaje por otro
mas colorido, en Elver Cruzila todo esta acá y en eso consiste su talento,
hacer una metáfora “del acá” que no se escape, que no vuele, porque volar en
Eureka no es algo novedoso, si dice por ejemplo: “...Con la frescura del helado
de piña y la calidez del fernet habíamos resucitado a fuerzas moribundas
internas, por fin podíamos ver al mundo brillar en el rojizo atardecer de
Estación Central...”. No hay imagen más allá de puros referentes tristes que
tratan de entusiasmar, pero cada vez que lo logran para inventar “otra fiesta”,
la grabadora choca con los techos miserables de la existencia: “...tengo la
transparencia de una casa de putas en el cerebro, y muchas veces, solo veo
fantasmas...”.
Pero
ese acto de registro de un hombre desesperado ante la muerte, sólo se comprende
en la frase que nos dice Camus: “Todos los días que no se han anotado equivalen
a días que no han sido”… ¿Escribir por estética o por desesperación? Es lo
mismo. Criado entre los delincuentes tenía que contarnos algo sobre ellos, si
leemos “La Puta Gana” hoy en día, no nos es indiferente su conexión con la
poesía goliarda medieval que nos contaba las vidas de los delincuentes y
marginales, ni con el aliento rimbaudiano de la Francia campesina o el
renacimiento de los bosques del San Francisco beatnik, incluso no nos es ajeno
el olor a ese poeta viejo y suicida, Pablo de Rokha, que se iba en tren al sur
solo con la triste misión de vender sus libros. ¿Y ese esfuerzo? ¿Para que el
tren? , ¿Para que los libros?. Sólo para hacer del tiro en la cabeza un momento
justificable. Fama no, éxito no, muerte tal vez.
Los
poetas de Eureka encabezados por Cruzila, lo único que tienen a mano para
cantar en sus inicios es a su tierra, pero no es la tierra del antiguo
naturalismo literario que se regocijaba en llenarnos de gallinas o de fábricas,
sino la tierra donde se desploman los ángeles borrachos, donde los niños juegan
a las bolitas, la tierra que se despide triste de la niñez mientras un camión
la llena de cemento. Jorge Teillier lo identificó con los lares, esos viejos
dioses tutelares romanos, Elver sólo hace de Eureka una desesperada página en
blanco donde todos inevitablemente vomitamos. El arte y su ciudad, Florencia,
New York, Dublín y Eureka. Cruzila nos bombardea por que nos retiene en su jazz
frenético, es un beat pero a él no le importa: en el mismo momento en que
Bolaño necesitaba un Hígado, Cruzila destrozaba el suyo. El escritor no es el
que cuenta sino el que padece. El escritor no es un reponedor de supermercado que
coloca las cosas para el inventario. Aunque Elver lo fue, porque Elver ha
estado en casi todos los lugares y todos los lugares no han salido intactos de
él, es decir han sido escuchados, registrados y luego lanzados al aire al igual
que esa grabadora que lanzó por los techos de Eureka. La actividad, la acción
en él, se vuelven insoportables por que la literatura lo demanda todo; desde
beberse un jarabe ziprepol hasta limpiar una reineta. Mirar es encontrar una
oposición, y el escritor en su paseo diario (si es paseante urbano o “flaneur”
como lo llamó Baudelaire ,) o en su paseo psicológico si es un “monologador”
moralista , encuentra los objetos sólo por la rebeldía de estos y no por que el
escritor los disponga a su antojo. El “theoros” griego que llegaba a las
fiestas para hacerse espectador y relatar luego en el ágora vecina lo
acontecido, envía su etimología al concepto de “teoría” (que se traduciría como
“el participe de afuera”). Pero el Elver no es un teórico (si esta afuera no
escribe). Elver necesita estar adentro, por eso habrá que arrancar de los pacos
primero, luego escribir. Mas que un espectador Elver es un tropezador,
pareciesen que las cosan que tropiezan con él se volviesen literatura incluso a
regañadientes. El escritor necesariamente necesita propiedad. Para los nuevos
poetas, las cosas dejan de ser “algo para”: Dublín para Joyce, el recuerdo para
Proust, la nada para Turgueniev, el mal para Melville y se transforman en “algo
contra”. Elver contra lo que tropieza, Elver contra lo que ama, Elver contra lo
que cree, Elver contra Elver, nada le es propio pero todo le pertenece.
Tropezón versus contemplación. Daño versus narrativa. La puta siempre gana, es
su deber, su negocio sexual, pero también a veces merecemos tener un poco de
puta gana para escribir, para vivir, incluso a veces debemos tener un poco de
ganas para morir (sino no nos moriríamos), el juego de palabras no es gratuito.
Eso quiere decir que en este libro se ha estado tanto en los puteríos más
extremos como en el cielo más artificial, ya que “gana” (entusiasmo,
enthousiasmos) significaría “llevar un Dios dentro”, es decir, al fin y al cabo
todos llevamos un “puto dios” dentro ¿Y que es un Dios sino una grabadora hecha
trizas en la madrugada con palabras que nadie escuchará y que por lo mismo son
las más sagradas? Esperemos que este dios literario, que esta hecho trizas en
los techos de Eureka, haga su trabajo. Esto quiere decir que cuando Proust
utilizaba el mecanismo del olfato para escribir poéticamente sobre el pasado,
Elver utilizaba la ñata para darle un toque al cerebro. Aquí no hay simple
belleza, sino ruda supervivencia.
Coctelmarx.